Tenía tiempo sin enamorarme y así volvió a suceder - Soco Adventures

Tenía tiempo sin enamorarme y así volvió a suceder

¿Qué es el amor? Si nos guiamos exclusivamente por la RAE (Real Academia Española), el amor estaría definido como un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Pero, seamos sinceros, los que hemos tenido la dicha (o desgracia, dependiendo del caso) de enamorarnos, sabemos que esta sería una manera muy injusta de describir lo que es el amor.

A mis casi 30 años, puedo decir que he creído enamorarme un par de veces, no más de eso, y no estaba en mis planes volver a transitar los caminos de ese sentimiento hasta que, de la mano de Soco Adventures, pude conocer la isla de La Tortuga, el sitio más maravilloso que estos ojos miopes han visto en su vida.

Y no es que haya sido maravilloso a raíz de mi miopía –créanme, no me quité mis lentes ni un segundo-, por el contrario, La Tortuga es un lugar capaz de estimular cada uno de tus cinco sentidos, de elevarte por los aires y sumergirte en lo más profundo del mar, es un lugar electrizante por la calma que transmite.

Pero ya va, vayamos paso a paso, volvamos al amor. A pesar de las mariposas, el brillo en los ojos y las risas nerviosas, todos sabemos que el verdadero amor se comprueba luego de superada alguna crisis, de haber aceptado un defecto o después de solucionar una pelea fuerte. Así son las cosas duraderas, en las buenas todo es bueno, pero en las malas es donde realmente te acompañará ese amor real.

Con solo una hora de sueño, emprendí un viaje que me llevó desde la puerta de mi casa hasta Higuerote y, en un abrir y cerrar de ojos, estaba montado en la embarcación que más tarde me entregaría en los brazos de mi nuevo refugio. El viaje, no voy a mentirles, fue un poco más complicado de lo que esperaba.

Casi cuatro horas de navegación, buscando un sitio en la embarcación en el que no me mojara tanto con las frías aguas del Mar Caribe, me hacían pensar que no valdría la pena el esfuerzo, que estaba perdiendo mi tiempo. Decidí cerrar mis ojos un rato y, al abrirlos, me estrellé estrepitosamente ante una de las realidades maravillosas que me he podido encontrar.

La más inverosímil combinación de azules impregnaron mi vista como infinitas pinceladas de acuarela sobre un impoluto lienzo blanco. El canto de centenares de gaviotas revoloteando sobre mí y el tenue pero intenso sollozo del mar, parecía una melodía plasmada meticulosamente sobre un pentagrama musical.

Fue tal mi nivel de embelesamiento que el primer paso que puse en la isla fue un resbalón que me llevó de cabeza al agua, mojando mis documentos personales y mi celular. Primera crisis, pero nada que el verdadero amor no pudiese resistir. El segundo paso, ya en la tibia y blanca arena de Cayo Herradura, me acobijó el alma y me hizo olvidar por completo el viaje complicado, la pérdida completa de mis pertenencias, todos mis problemas citadinos, desde ese instante solo éramos La Tortuga y yo, nadie más.

Es increíble lo que 1.600 metros de extensión pueden esconder. Y es que éste sitio no tiene desperdicio alguno. Es tan incongruente, que el ladrido de cinco perros (de los más nobles que he visto en mi vida entera), no eran molestos, por el contrario, se acoplaban perfectamente al soundtrack de este película sutilmente hilada, como si de una obra maestra de Woody Allen se tratáse.

Una de esos perros, “Catira” (tiempo después me enteré que se llamaba Macaná, para el resto del mundo, no para mi), fue la única guía que necesité en mi viaje. Desde el primer minuto se unió a mi aventura y, con una alegría desbordante, me acompañó en cada caminata, cada paseo, en cada comida y cada siesta, siempre a mi lado.

Pero como ella, muchas fueron las criaturas que robaron mi atención. Desde la inmensa variedad de peces que nadaban a mi alrededor, como las gaviotas, pelícanos y fregatas que sobrevolaban el cielo, de un azul intenso que se veía interrumpido solamente por un cúmulo de nubes que parecían esculpidas a mano.

Hasta ese punto todo iba bien, el amor comenzaba a fluir, todo a su ritmo, pero al caer la tarde se precipitó en mi una sensación de regocijo comparable con el primer beso, con ese roce de labios que te eleva del suelo y te lleva a otra dimensión. Cuando la persona es la indicada, un beso se convierte en la muestra más intensa y sincera de amor y, ese atardecer en La Tortuga lo fue, ahí me di cuenta de que estaba irremediablemente enamorado.

El acogedor sol le fue dando paso a la noche y con ella un montón de colores se apoderó del inmenso cielo. Los azules del mar se entrelazaron con los morados y naranjas más espectaculares que haya podido imaginar, causando en mi la sensación de que, finalmente, había conseguido mi sitio, mi lugar feliz.

Y fue así, bajo la fresca noche estrellada de La Tortuga, cuando me di cuenta que estaba en lo más parecido al “paraíso” de lo que lo estaré en toda mi vida.

La Tortuga es eso, un sitio esplendoroso, un lugar que te permite encontrarte contigo mismo o que te da la comodidad de compartir con tus seres queridos, es simplemente un amor de esos que duran para siempre, un paisaje que guardas en tu retina por el resto de tu vida. La Tortuga, a fin de cuentas, es Venezuela… nuestra Venezuela.

Raúl Pérez

Daniela Suarez

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